Argentina

Somos Peregrinos del Planeta y cuando nos alineamos con nuestra energía el Universo nos reverencia y confabula con nosotros para ayudarnos a Ser
 
 

 

Tauro en Mayo de 2006

Portal hacia la Era de la Luz

Creo que continuar hablando de Tauro como el signo de la materia y las posesiones personales, solamente, es deshonrar la energía maravillosa de este signo del Zodíaco.

Sí, deseo hacer hincapié en la importancia de que en este momento se estén dando en el cielo dos triángulos sagrados del espíritu y del alma, motivo por el cual, este portal astrológico que es Tauro, cuyo planeta es Venus (amor en su aspecto femenino) nos permite ir más profundo adentro nuestro para conectarnos con nuestra energía sagrada, energía que está acelerada por la energía de Síntesis que los seres de la luz están enviando para nosotros.

Nos estamos moviendo fuera del dinero y del tiempo, en donde los conceptos basados en el miedo se disuelven totalmente. Los días se acortan y las horas duran más. Nuestros cuerpos sienten reacciones que son eléctricas y químicas, somnolencia, cansancio, dolores, tensiones, contracturas, enfermedades que aparecen y desaparecen en un día y lo opuesto excitación, falta de sueño y necesidad de hacer no sabemos qué, angustias, miedos infundados, sobre todo en determinadas horas del día y de la noche. El cuerpo físico todo está sometido a una gran transformación. La piel, es el órgano que más muestra estos cambios.

Y los niños… son quienes más se dan cuenta, sin poder expresarlo.

Es por esto, que en nuestras vidas se está armonizando y encaminando todo hacia un equilibrio, para los que hacemos el camino interno. Y aún aquellos que no han podido conectarse, están sintiendo que solos, y como antes, ya no es posible. Hay un despertar.

El sistema solar completo está confabulando con la humanidad para hacer el puente de las correctas relaciones y el gran cambio hacia la Era de la Luz. Nuestro planeta azul también está cambiando su velocidad y sus ritmos, de ahí la cantidad de movimientos que suceden en la Tierra y en nosotros.

El amor deberá ser el protagonista. Amor suave, profundo, casi romántico hacia todo y hacia todos. Emanará naturalmente. El sentido de la vida está cambiando. Lo que le da sentido, es el amor. Se convertirá en la única religión, la única política, la única justicia y la única manera de sanar y de educar. Todo lo demás, lo podemos hacer solos, pero para amar y ser amados, necesitamos a los otros. Y quien aprende esto, vive en otra dimensión.
Buda y Cristo se dan cita en este momento, para guiarnos hacia el cambio total, para que se abra ese tercer ojo y se de la iluminación.

 

Festival de Wesak - Luna Llena de Tauro
"Veo, y cuando el ojo está abierto todo se ilumina"
Mayo 13, 2006

Orar, es hablar con Dios. Meditar, es escuchar la respuesta de Dios, como cada uno lo sienta o piense. Tener una iluminación, es encontrar una respuesta. Iluminarse, como lo hizo Buda, es haber dedicado la vida a orar y meditar.

Podemos vivir existencialmente, o esencialmente. Cuando lo hacemos de la primer manera, nuestra vida es como la de todos los seres humanos hasta ahora. Cuando vivimos según la segunda, significa hacer el camino interno de conexión con lo eterno adentro nuestro.

Buda fue la energía divina que eligió encarnar en esa época, en ese palacio, de esos padres, entre las comodidades y conocimientos más grandes, y el mayor sufrimiento de su pueblo, también.
Yo se, que este artículo no es fácil de entender, pero así es esta energía. La Luna Llena de Tauro es la más importante del año, por la vibración que desciende a nuestro planeta. Internalizarla no es fácil y expresarla con liviandad, tampoco.

Fue durante el plenilunio de Tauro que Buda alcanzó la iluminación. También se dice que él nació y murió en este plenilunio. La vida de Buda hecha mito es hoy uno de los símbolos más poderosos y profundos que la historia ha podido conocer. Actualmente disponemos de todo tipo de estudios profundos y testimonios sobre esta experiencia trascendente cuyo camino fue abierto por Buda. Sin embargo, a pesar de estos conocimientos, el misterio permanece y el significado esencial de ese mito resbala a cada tentativa de ser alcanzado por nuestro intelecto. La historia de Buda es hoy bien conocida en Occidente. Muy temprano en su vida se formuló la pregunta sobre el sentido de la vida, cuando comenzó a constatar que el sufrimiento era algo inseparable de la existencia humana. Esa búsqueda del sentido de la existencia lo llevó a probar diversos caminos, siendo el del ascetismo uno de los más importantes en esa época, que también tuvo que abandonar, por ser demasiado extremo.

Pero sus esfuerzos fueron infructuosos ya que a pesar de todo continuaba sin comprender. Un día, decepcionado por el fracaso, se sentó bajo un árbol y tomó la decisión de no moverse de allí mientras no hubiera comprendido. Y la luz fue. Lo que voy a decir constituye mi propia comprensión sobre la vida de ese Gran Ser y de la experiencia que lo acompaña: la iluminación. Muy temprano comenzó a formularse la pregunta esencial.

¿Qué pregunta? Es la pregunta que nos formulamos a menudo cuando nada marcha bien en nuestra vida, cuando nos encontramos sumergidos en una situación límite, constatando cómo lo hizo Buda, que el sufrimiento es compañero inseparable de la existencia. Cada sacudida y cada fracaso constituyen entonces una oportunidad para que el alma pueda alcanzar la atención del ser humano. Es cuando cada uno piensa en la muerte y en la relatividad de nuestras certezas, que puede producirse un momento de equilibrio dentro de una máxima tensión, en que durante algunos instantes todo permanece inmóvil. Entonces, la luz que siempre ha estado retenida adentro nuestro, fuera de nuestra conciencia, inunda ésta, provocando eso que uno llama iluminación. Pero, ¿cómo permanecer en la tensión con una mirada objetiva sobre la realidad tal como ésta aparece ante nuestros ojos y, sin dejarnos atrapar por ella?

Buda acudió allí donde el sufrimiento existía, en las ciudades, en los caminos de los hombres, allí donde encontró gente enfrentada a la prueba de la vida cotidiana. Lo que lo motivaba no era pues una visión filosófica sobre el sentido de la vida y el significado esotérico de las cosas y de los acontecimientos, todos temas por El conocidos debido a su educación exquisita de Príncipe de Oriente.

Como Jesús, puso el acento en la realidad cotidiana, en la gente, y fue allí donde todo sucedió. Buda comprendió enseguida que era preciso buscar en el interior de sí mismo y no en otra parte, para poder ayudar y servir.

Todas las búsquedas nos muestran que la iluminación es de alguna manera preexistente a su manifestación. Estaba ya presente cuando buscábamos la luz. Cuando nos sabemos en la oscuridad es como si la luz estuviera ya allí. ¿Cómo podríamos reconocer la oscuridad como tal, si en alguna parte no tuviéremos la luz con nosotros?. Cuando reconocemos esa luz presente en nosotros, precisamente cuando nos encontramos en una tensión, entonces allí se produce la iluminación. Pero ante la oscuridad nuestra reacción más frecuente es la del temor que puede conducirnos a la dependencia o a la rebelión, y siempre al sufrimiento…

Como lo hizo Buda, tenemos que probar diferentes caminos antes de llegar al "árbol Bodi". Es un combate entre la luz y la oscuridad y con una tensión tal, que a uno no le queda otro camino que despertar. Es un combate en el que todo es decisivo y esto sucede a cada instante, aún, en el dominio de nuestras células. Es por este motivo que la muerte y el significado de la existencia permanecen siendo puntos límite y también puertas de iniciación.

A menudo estamos tan absortos en la búsqueda de la luz que no nos damos cuenta de su condición primera: tener necesidad de ella. Hay que alcanzar ese punto límite, enfrentando esa puerta simbolizada por el sufrimiento y el absurdo. Hay que mantenerse en ese punto sin rebelión y sin abatimiento: es un momento pleno de sinceridad y de fuerza. La luz existe ya cuando uno la está buscando. Todo es entonces una cuestión de mirada, y Buda se sentó bajo el árbol Bodi y bajó su mirada, y la llevó hacia adentro. Allí realizamos la experiencia de la luz percibiéndola como oscuridad. Es un momento de pura autenticidad. Permanecer derechos ante esa oscuridad, sin negarla pero afirmando nuestra necesidad esencial de comprender, nos permite permanecer bajo el árbol, sin resistencia, sin oposición, con una máxima apertura... ¡y la luz es!

En ese momento de tinieblas se revelan nuestros fantasmas, espejismos y todo tipo de ilusiones. Es el dominio de la Luna. Esta se encuentra en el signo de Escorpio y en oposición al Sol en el momento de este plenilunio, lo cual indica que hay que enfrentar la ilusión y vencerla antes de alcanzar la iluminación en Tauro.

Una oposición muestra siempre una tensión extrema entre valores opuestos. Resolver una oposición es reconocer la identidad esencial entre esos valores opuestos. ¿Cuál es entonces la identidad esencial entre la luz y la oscuridad? Ningún razonamiento puede decirnos cómo esto sucede. Pero Buda permaneció y de algún modo la luz llegó a ser oscuridad y la oscuridad luz, siendo los dos movimientos simultáneos. La Luna, cuando se trata del signo de Escorpio, nos muestra la necesidad de deshacernos de la ilusión y especialmente de la dependencia material, de todo aquello que constituye el paradigma que se le ha inculcado a la humanidad hasta ahora.

Y llamo dependencia material también a la que viene de nuestro propio cuerpo, de nuestras células, donde se encuentra la memoria de toda nuestra ascendencia, nuestra tribu, los ancestros, cuyas voces no reconocemos, pero influyen en la mayor parte de nuestras decisiones. Esa dependencia sostiene todas nuestras incertidumbres, nuestra necesidad de saber y poder y también, paradójicamente, nuestra búsqueda espiritual.

Es necesario el silencio para que la decisión que vamos a tomar sea una decisión plenamente nuestra, sin ninguna influencia exterior o interior. Es entonces cuando podemos emplear esa luz que espera detrás de nosotros dispuesta a manifestarse en el momento en que hay una apertura. Sin embargo, es muy difícil permanecer en la tensión sin producir inmediatamente una "extensión". Es un combate feroz que es necesario aceptar completamente.

El primer paso consiste en aceptar la situación. No se trata de conformarse a la situación, aceptar el acontecimiento o la realidad que viene a romper nuestro juego. Se trata de aceptar la realidad de la situación, podemos no estar de acuerdo con nuestros espejismos, pero en tanto no hayamos liberado la energía que contienen, tendremos necesidad de ellos. Y esa energía es liberada en esa tensión serena, en esa lucidez, un poco como lo hace la luz preexistente que comienza a filtrarse en los repliegues de nuestra conciencia desde el momento en que soltamos y nos hacemos no-resistentes.

Buda nos ha dado el ejemplo. Para Él ha sido preciso aceptar no el sufrimiento, sino el combate. Para nosotros es muy difícil comprender el sentido esencial del combate porque ya no sabemos combatir. Alo largo de los tiempos nos hemos convertido en manada. El resultado del combate es siempre la victoria. Pero, la victoria de quién, nos preguntamos. Pues bien, es en ese momento, cuando nos hacemos esta pregunta, que perdemos toda la energía para combatir. Entonces, aún si ganamos siempre seremos perdedores. Identificados a nosotros mismos constatamos que podemos tanto ganar como perder. Y aún si somos nosotros quiénes resultamos vencedores, esta victoria no llega a ser nunca definitiva ya que el otro, el contrario, no es nunca definitivamente derrotado. Lo importante es luchar y la lucha es adentro… muy hondo, en nuestras células.

Aceptar el combate, mas allá de la victoria o la derrota, permite descubrir su verdadero sentido. La luz brota y uno descubre que todo está ya allí, que en realidad hemos dado la vuelta a la tierra para alcanzar precisamente esto que se encuentra delante nuestro. Sin embargo, realizando todo este recorrido hemos podido conocer la realidad de la existencia. Es pues en esa realidad duramente conquistada que puede producirse la experiencia de la iluminación.

Es una luz diferente de aquélla que conocemos; penetra nuestro tejido de sombra y luz y lo electrifica. El sentido penetra todo y nosotros no podemos entonces más que comprender lo que es, tal como es. Es la realidad sin reacción emocional aún si la vivimos con todas nuestras emociones. Es una luz que trasciende la realidad sin excluirla. El combate es decisivo y sagrado.

Entre la muerte y la resurrección existe ese combate que podemos cambiar en victoria cada vez que una decisión conciente nos permite asumir una tensión con desapego. Esta es la palabra clave de toda esta historia y juega un rol esencial cuando el ser provoca una victoria. Aceptar la victoria es tan difícil como aceptar el combate. La victoria siempre debe desaparecer para permitir su perpetuación en nuestros mecanismos de vida. Es muy duro aceptar la luz y la victoria como algo natural, como algo a vivir cotidianamente sin exaltar ni esa luz ni ese fuego de victoria. Si queremos superar de una vez por todas la dualidad, jamás tendremos los medios para crear una tensión real.

La dualidad es algo que debe ser utilizado para crear puntos de tensión lo cual nos llevará a un nivel vibratorio más sutil. Es en esa nueva dimensión que la dualidad es trascendida, pero no antes. Entonces uno puede, por ejemplo, remarcar que el sufrimiento no es otra cosa que la alegría sofocada, participando ambos aspectos de una misma energía. Cuando se aceptan las reglas del juego, el simple hecho produce la alegría, y entonces ganar o perder ya no tienen importancia alguna. Con el desapego real uno puede "dirigir" los resultados del juego, uno puede hacer siempre algo de ese juego. Otra palabra clave para este plenilunio es pues "saber utilizar la energía, moldear la materia según el propósito divino". Es el alma que toma posesión de la materia. El desapego sirve para ver todo esto con objetividad. Con el desapego los fantasmas de nuestra psique son descubiertos y vencidos. Con el desapego la luz es reconocida. Pero cuán difícil es el desapego, y también el desapegarse del propio desapego tal como el iluminado debe desapegarse de su victoria y de la luz que ha recibido y que desde entonces debe aprender a transmitir a otros.

Se dice: es la personalidad quien siembra nuestra vida de trampas. Pero en realidad no es la personalidad quien estorba, pero todos los males se hacen sentir allí. Es el ser, perdido entre sus idas y vueltas, que no llega a alcanzar su propio centro, ese lugar donde las cosas suceden realmente, el centro de su personalidad para ocuparla, dirigirla y darle un sentido.

Buda se sentó bajo el árbol y determinó no moverse en tanto no hubiera alcanzado la comprensión. Aceptó el combate, conoció las "tentaciones'' y, sin embargo, no perdió su equilibrio. Todos los opuestos se dieron cita en su aura y allí, tuvo conocimiento de la Ley. Entonces sonó la palabra clave y la luz fué!

Buda nos dejó como legado la posibilidad de acceder a la iluminación, a la que se llega a través de poner nuestra mente al servicio de Dios y nuestro ojo, esa mente superior que todos tenemos, conectado con la Gran Mente, para acceder a ella y desde ahí a la Gran Cura.

Tauro y su luna llena, nos permiten hacer el puente que la humanidad necesita entre lo irreal y lo real.

Hasta el próximo encuentro, Almas



 

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María Ester Abal Vella - Astróloga y Terapeuta Floral
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